|
¿De
qué vocación me estás hablando? Cabe
definir una profesión, más que una vocación, oficio o emprendimiento,
como una práctica que influye directamente sobre el bienestar de los
seres humanos, con la responsabilidad implícita de servir a la población
y contar con la confianza de ésta; que exige el dominio de un cuerpo
complejo de conocimientos y aptitudes especializadas, derivados de una
educación del nivel superior y de una experiencia práctica. Andan
por ahí un par de frases que quizá merezcan complementar la definición:
“un profesional dice lo que hace y hace lo que dice.” Pero necesitada
ésta de agregarle “y lo que piensa.” Hoy, con pena, habría que
agregar lo que piensa su empleador, y se lo impone, cuando trabaja bajo
dependencia, directa o indirecta. Sin el primer añadido, no tendría
validez la segunda frase: “debe servir los intereses del paciente que
paga sus servicios, siempre – directa o indirectamente – y sin tomar
en cuenta sus propios intereses, como una cuestión de conciencia.” Más,
en las ciencias médicas, de
respeto al juramento hipocrático. Pobre enunciación y pobre resultado y
pobre juramento cada vez que se desmiente definición y esencia con el
juramento de traición ante Don Dinero.* Desmentida
queda la definición desde un principio cuando el impulso para seguir una
carrera no es el de la vocación – que rinda sus merecidos frutos,
naturalmente – y es, en cambio, el de lograr una remuneración con un
trabajo que no resulte demasiado desagradable. Esto ocurre en el pobre, no
sólo el pobre de solemnidad, sino en el ochenta por ciento de la población.
Mientras que en el nacido en cuna de oro, o en sillón de dentista, se da
cuando procura aumentar sus dinerillos, o seguir la tradición familiar,
no con un consultorio, claro, más bien con una clínica o con una
empresa. Esta
actitud mercenaria actual no es sólo de dentistas, es la de todos los
ricos y todos los pobres, salvo las consabidas excepciones a toda regla.
Es la del cartonero, millonario o político, o la del cartonero de la
calle, ricos todos en desprecio por el otro, pobres todos en respeto
mutuo, unos porque desperdician lo que otros necesitan, otros porque
desaprensivamente desparraman los desperdicios que ya a nadie sirven y
entre todos afean no ya las calles de la ciudad, afean las almas,
destruyen las conciencias restantes, se regodean en el más repugnante
individualismo, cortan la mejor tajada que pueden, una libra de carne
ajena, una porción de vergüenza y todos piensan que está bien defender
lo suyo sin mirar a quién dañan. [Y el que esto escribe, ¿qué mezquino
interés esconderá detrás de sus diatribas editoriales, qué envidia, qué
pobreza de alma? ¡Porque algo ganará!, ¿no?] Escuchad
(escribió
León Felipe): Las
organizaciones profesionales son suma de individualistas, no solidaridad
de colegas por el bien común y el propio. Hombres preclaros fundaron las
asociaciones para proteger al público de los charlatanes deseosos de usar
para su provecho el prestigio de los legítimos profesionales. Pero me
pregunto si habrán previsto nuestro próceres que algún día haría
falta proteger al público de los comerciantes – empleadores y empleados
– que aprovechan el
prestigio de los honestos profesionales que alguna vez hubo, esos que no
pensaban qué les convenía más a ellos, si una endodoncia, por ejemplo,
o un implante o una prótesis fija; si una buena amalgama o resina
compuesta o una corona de porcelana. En
1906, pionera, la Asociación Dental Canadiense mostró su interés por la
salud dental pública con propuestas para instrumentar ese objetivo: exámenes
bucales gratuitos a los escolares, inclusión de la higiene dental en los
textos pertinentes y distribución de material educativo a los docentes.
Por sobre todo, establecieron como principio que la salud dental es un
derecho de todos, no un privilegio de pocos. ¿Cómo
andan en este capítulo nuestras organizaciones profesionales? La
introducción al Código de Ética de la ADA, dice: La profesión
dental mantiene una posición especial de confianza en la sociedad. En
consecuencia, la sociedad otorga a la profesión ciertos privilegios que
no están al alcance del público en general. En retribución, la profesión
toma el compromiso con la sociedad de que sus miembros adherirán a
elevados principios éticos de conducta. ... Los miembros de la ADA
voluntariamente aceptan respetar el Código de la ADA como condición para
ser miembros de la Asociación. Reconocen que la confianza sostenida del público
está basada en el compromiso del dentista individual [¡no
individualista!] de respetar normas de conducta de elevada ética. ¿Cómo
andan hoy en este capítulo nuestras organizaciones profesionales? ¿Cuánto
nos respeta el público nacional? Esos profesionales dignos, ¿qué se
hicieron? Aquellos señores de la odontología, ¿adónde fueron a dar? Una
profesión es un trabajo desde una vocación, más una artesanía, más
una pequeña empresa personal, es un intercambio en el nivel humano de no
sólo servicios y de no sólo remuneraciones, un deseo de hacer siempre el
bien por ese llamado (vocación
deriva de la latina vocatio, que significa "llamado”, vocation
y calling, en inglés),
de brindar los últimos adelantos y los más viejos preceptos y ejemplos
consagrados. Vocación es mucho más que la sola elección de una actividad. Es ese gusto grande por lo elegido, que llevará a querer perfeccionarte, a superar los obstáculos que se presenten durante la etapa de formación o en el ejercicio de la profesión, a sostener una actitud ética frente a las responsabilidades, a asumir un compromiso frente a la sociedad, que se verá beneficiada por esa actuación correcta. Pero,
me pregunto, ¿será que los dentistas somos nada menos que un reflejo de
la sociedad entera? Si el todo está constituido por individualismos
salvajes, no por una sociedad solidaria, ¿podemos ser los dentistas
mejores que el resto? Si un dentista traiciona a su colega, si un dentista
se vende por fuera de su institución, si la institución se entrega por
conveniencias, ¿podríamos acaso distinguirnos del resto? ¿Valdrá la
pena respetar principios que los demás no respetan?** [Véanse
los principios canadienses en Gremiales.] Mi
respuesta es que cada uno debe mirarse bien adentro y pensar si no le daría
vergüenza explicar a un hijo las razones de su comportamiento, si son así
de viles. Y si, aun avasallado por el poderío, la riqueza y las mañas y
trampas reinantes, no se sentiría orgulloso de actuar como un correcto profesional
y mirar a la cara a su hijo y explicarle que no hay que esconderse tras la
excusa de “total, los demás hacen lo mismo.”
Dr. Horacio Martínez * A cualesquier cosa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción... Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.
. ** Vinieron la Verdad y la Justicia a la tierra; la
una no halló comodidad por desnuda, ni la otra por rigurosa. Anduvieron
mucho tiempo ansí, hasta que la Verdad, de puro necesitada, asentó con
un mudo. La Justicia, desacomodada, anduvo por la tierra rogando a todos,
y viendo que no hacían caso della y que le usurpaban su nombre para
honrar tiranías, determinó volverse huyendo al cielo. Salióse de las
grandes ciudades y cortes y fuese a las aldeas de villanos, donde por
algunos días, escondida en su pobreza, fue hospedada de la Simplicidad,
hasta que invió contra ella requisitorias la Malicia. Huyó entonces de
todo punto y fue de casa en casa pidiendo que la recogiesen. Preguntaban
todos quién era, y ella, que no sabe mentir, decía que la Justicia;
respondíanle todos: -¿Justicia
y por mi casa? Vaya por otra. Sueños,
Francisco de Quevedo [Éste
podría ser el libro del mes
recomendado para releer.]
|