¿Qué hay en un nombre?

 No creo que quepa ninguna duda de qué evoca el nombre de dentista en el público de la República Argentina. Los crueles chistes, las desaforadas escenas en la TV, el cine y aun en el teatro, todo apunta a mostrarlo como un sádico y no hay dentista que no haya sentido la mirada acusadora o las palabras explícitas que le reprochaban su condición de feroz verdugo.

¿Por qué?

Dejemos de lado a los verdaderos sádicos, que en todas las actividades los hay; olvidemos los sádicos sublimados, que no hacen daño a nadie y gozan igual, descontemos los incapaces, que no hay un 100% de dentistas perfectos, y lo que nos queda, eso es la imagen que debiéramos tener, de gente que se esmera por hacer el bien en un terreno difícil y que se gana el sustento con ello.

¿Por qué en la Argentina no es ésta la imagen que evoca?

 Una encuesta Gallup (1987) ubicó a los dentistas norteamericanos segundos al compararlos con otras seis profesiones (delante de los médicos, profesores, banqueros y abogados) en honestidad y normas éticas. Aun allá, hace un tiempo el Dr. Michael Perich, de la ADA, señaló una curiosa dicotomía, la existente entre la gente que tenía un concepto elevado reflejado en múltiples encuestas frente a la caracterización poco halagüeña que trazan los medios escritos y audiovisuales, que presenta al colega como generando experiencias desagradables o como un bufón.

(De USA vinieron La pequeña tienda de los horrores, con Steve Martin, Marathon Man, con Laurence Olivier como dentista torturador, más los dichos de sus más renombrados comediantes y el amigo de Dick Van Dyke. Et coetera.)

Una probable respuesta estaría en la labor de la Asociación Dental Norteamericana en pro de la salud bucal, con sus mensajes educativos, con su campaña fluoracionista (“estamos trabajando para quedarnos sin trabajo”) y con la dedicación con enormes alcances a una semana de la sonrisa, tipo “Smile America”. Sin vacilar, se puede decir que en la Argentina no hay dicotomía, que la gente no puede tener ese concepto porque no ha visto ninguna institución odontológica, absolutamente ninguna, que hiciera campaña educativa o que se esforzara año tras año ara lograr la fluoración de las aguas. Para promover el flúor no hace falta dinero, sino dedicación. Para educar, se podría tomar el dinero dedicado a las grandes construcciones edilicias y dedicarlo a construir la salud del pueblo desde su base, la prevención en todos los niveles.

Pero el dentista individual, ¿tiene o no culpa de la mala imagen?

Cuando un dentista pretende que le digan odontólogo (título que consta en el certificado) o se hace llamar doctor sin serlo, el tiro le puede salir por la culata, al sugerir que se trata de una persona sensible o hasta superficial en su preocupación por lo que hay en un nombre. Si se ocupara en mostrar al paciente, sin exageraciones, que está más preocupado por prevenir futuros males que por colocar presentes prótesis, quizá ganaría en opinión y lo verían como odontólogo o doctor. El especialista de oído no es mejor porque le den como nombre el impronunciable de otorrinolaringólogo.

Lo bueno es que muchos pacientes hablan mal de la odontología y de los dentistas en general... pero no de su propio dentista, que es una maravilla. La historia viene de lejos, de cuando todos los dentistas hacían doler porque no había anestesia local ni general o cuando “mataban el nervio” con arsénico, más las historias trágicas transmitidas de boca en boca, de familia en familia, de generación en generación.

Mientras nuestras instituciones no hagan lo que deben hacer, si deseamos una imagen mejor cuidemos la relación uno a uno y mostremos que nuestro interés es la persona y su boca. Alcanzaremos así la deseada y entonces merecida imagen de doctor en odontología.

Para un trámite o para alguna que otra cuestión formal, debemos presentarnos por nuestro título oficial; es decir, como odontólogos o como doctores en odontología. Y claro está que sin adjudicarnos un doctor que no tengamos, que eso es usurpación de título. Pero no tiene sentido pretender que cotidianamente se nos nombre “odontólogos” en vez de “dentistas”, lo que es, por decir poco, vanidoso y estúpido. Pues como escribió William Shakespeare: What's in a name? That which we call a rose By any other name would smell as sweet. [¿Qué tiene un nombre? Eso que llamamos rosa, con cualquier otro nombre tendrá un aroma igualmente dulce.] (Romeo y Julieta Acto II, escena II). Si no mejoramos nuestra imagen con nuestras acciones, no con vanidades, nuestro nombre será apenas “dientistas” (sic).

               

                 Dr. Horacio Martínez     

                       Dr. Emilio Bruzzo

                            volver al indice                         

                                                         VOLVER