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País de opereta
Esto es
como la fábula del pastor mentiroso, pero al revés. Todas las veces que
nuestros pastores (somos ganado manejable) nos dijeron que el lobo no
vendría, vino y nos comió la paz, nos comió los ahorros, nos comió el
trabajo, y los argentinos seguimos creyendo en nuestro pastores (o políticos,
si os place). Nunca tuve dinero en el extranjero, pero si hoy heredara una
fortuna, la pondría en un país serio, no en este de opereta. Y la vergüenza
y la traición serían ajenas.
En el
alegre mundo de la opereta, nada es verdad y todo es mentira. En el país
de La viuda alegre nada es siquiera verosímil. Si uno se deja
llevar por ese mundo de fantasía, puede sentir deseos de bailar y
olvidar. La República Argentina es un país de opereta, donde la gente
olvida demasiado y por eso la dejan sin ganas de bailar. Los diversos
gobernantes de turno, desde el glorificado y vituperado Perón (cuyas
mentiras también fueron olvidadas) hasta el simplemente vituperado de la
Rúa, nos mintieron que el lobo no vendría… y vino.
Las leyes de nada sirven cuando no existe
conciencia ciudadana de que son inviolables. Desde que se mancilló la
perfecta Ley Magna del 53, la Constitución es un librito que regalan a la
salida del subte, y se tira tras ojearlo apenas. Nada que hayan escrito
nuestros políticos es intocable; por el contrario, es modificable con el
gobernante de turno y adaptable a sus conveniencias. Los países en serio
ni siquiera necesitan la Carta Magna para respetar la ley, no decretan la
intangibilidad de los ahorros un día y los destruyen o acorralan al día
siguiente. No pasa en la otra orilla del Plata, que está ahí nomás, a
un paso, donde no hubo color de gobierno al que le pasara por las
mientes no respetar la palabra de sus antecesores. Supongo que debe
de haber algún otro país de opereta. No podemos ser los únicos. Pero éste
es el mío, éste es el que me duele, éste el país en el que quisiera
confiar y no puedo. Si la madre de uno miente, duele más que cualquier
otra mentira.
(Como es mi madre profesional la institución
que “me representa”. Los odontólogos realmente unidos podremos
lograr, quizá, lo que nunca alcanzaríamos, con seguridad, mientras los
mercaderes y sus alcahuetes nos mantengan desunidos por facciones, por
intereses personales o institucionales, por egoísmos malentendidos.)
Hemos escuchado a
ministros de economía que se quejaban del problema de que los fondos de
los argentinos se fueran del país y llamaban egoístas a sus dueños. ¿Cómo
hay que llamar a los que no se los llevaron y perdieron tantas veces? ¿Habrá
todavía algún incauto que al ganar un solo dólar (de los que Perón decía
no ver) quiera dejarlo en este país de opereta? No puede ser que haya aún
un solo ciudadano dispuesto a creer en la palabra de sus gobernantes. (¿Será
cierto que el dubitativo Fernando se fue por no romper la
convertibilidad?) Sencillamente no puede existir alguien que crea que no
volverán a meterle la mano en el bolsillo. No hay ley ni constitución
que valga, porque se la tuerce o se la cambia o se la deroga. Ni Corte
Suprema que las defienda, ni jueces a los cuales apelar, ni legisladores
listos para cambiar o adaptar las normas a sus necesidades personales o
partidarias.
Solución:
cincuenta años de intangibilidad de la Ley Magna y demás leyes.
(Apertura real de las instituciones odontológicas.) Quizá entonces las
nuevas generaciones hayan olvidado que, a la fecha, éste es un país de
opereta con fondo musical de cacerolas.
¿Podemos esperar un cambio desde el 2002?
Dr. Horacio Martínez
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