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abril
2003
El
enano fascista
Una
conocida periodista italiana afirmó que los argentinos albergábamos
cada uno de nosotros un enano fascista. Tenía razón. Si lo
hubiera dicho a ciudadanos de otros países, también hubiera tenido razón.
Nada sé de otras galaxias. En ésta, la humanidad entera nutre a un enano
fascista que asoma la nariz cada vez que alcanza una pizca de poder.
Fascistas
son los dictadores de cualquier color que conoció y conoce el mundo,
fascistas son los que imponen sus ideas por la fuerza o por el número,
los gobernantes (ex alcohólicos o abstemios por religión) y los jefes de
oficinas por igual, el que se deja amar y el que no sabe hacerlo.
En
el universo odontológico, que no es el argentino solo, abusan del poder
los dirigentes de instituciones que desoyen a sus asociados, los
funcionarios de salud pública que nos desconocen, los coordinadores de
grupos físicos o virtuales que incorporan o despiden a quienquiera que no
les caiga bien.
Así
anda la odontología en casi todo el mundo y, peor, en América Latina.
Los
dirigentes odontológicos en la Argentina son un ejemplo, no una excepción.
No hacen nada por los colegas. Cuando hacen algo es para no hacer nada.
Simulan un paso adelante y, si hay suerte, no es un paso atrás. En la
institución mayor, desde las últimas elecciones con oposición, en las
que el oficialismo triunfó con los votos de una ínfima parte (menos del
10%) de los asociados, cuando hubo algún movimiento e hicieron creer que
el mosquito que los picó por lo menos los despertó, no
pasó nada.
El
enano fascista no permitió que la sangre nueva fuera escuchada, como hace
la “renovación” gubernamental, tan falsa, ni que la incorporara. Y si
alguno hubiera sido adoptado por la trenza, por alguna conveniencia, no
por sus méritos, seguramente no habrían tardado en trenzarlo o anularlo.
La
pregunta que hago a los enanos fascistas del mundo es muy sencilla: ¿no
hay ni un ápice de verdad en las palabras de la oposición? ¿No hubo
nada en sus ideas que sirviera? ¡Qué va! Son los únicos dueños de la
verdad, enano mediante.
Y
los enanos fascistas tienen mucho miedo, aunque presidan la mayor potencia
mundial, o el mayor país de Oriente, o una ínfima lista de colegas
afines. Tienen miedo de quedar desnudos, expuestos en su enanidad, en su
pequeñez. El gran hombre, el seguro de sí mismo, el que no tiene que
ganarse la autoestima denigrando o aplastando a los demás, ése no tiene
miedo a que su interior quede a la vista de todos : el verdadero gran
hombre es la excepción, ése no lleva dentro un enano fascista. ¡Pero
son tan pocos los grandes hombres!
¿Solución?
Seguramente no es matar a todos los enanos fascistas de izquierda, centro,
derecha, arriba y abajo. Los ilusos pensamos que quizá con persuasión y
vaselina podrá ir entrándoles en la cabeza la noción de respetar al más
débil, al inferior, al más pequeño, al más necesitado, al abusado. En
nuestro caso, cualquier colega sometido a los mercaderes de la salud o
arruinado por ese mercantilismo (“mercadismo”) que enorgullece y
enriquece al 10% privilegiado.
Dirigente,
funcionario, coordinador, ¿cuál es el camino hacia su alma? ¿O la
sustancia química que pueda modificar las aparentemente inalterables
suyas?
Dr. Horacio Martínez
Dr. Emilio Bruzzo
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