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junio 2006
La estupidez humana
Of
all the causes which conspire to blind
Man's
erring judgment, and misguide the mind,
What
the weak head with strongest bias rules,
Is
Pride, the never failing vice of fools.
ALEXANDER
POPE, “An Essay on
Criticism,”, part II
No
sé si este editorial es tal o si es una digresión, o quizá una simple
divagación, pero algo me dice que tiene mucho que ver con todos nosotros,
odontólogos y el resto.
Flaubert
denunció la estupidez humana, en una novela sobre la tontería y la
vulgaridad contemporáneas, Bouvard et Pécuchet obra inconclusa de
1881 con sólo diez capítulos y medio publicados. Luis Quintana Tejera
comentó: La denuncia de la estupidez individual con plena vigencia
para aquella época continúa teniendo actualidad en ésta. No todo
consiste en leer extensos tratados de teoría sin llegar a entenderlos en
su verdadera esencia, hay otros dones más profundos que la mera persecución
de ideas retorcidas, otros valores que encuentran arraigo en el interior
del hombre que piensa y siente, que hallan asiento en factores tan
curiosamente esquivos tales como la inspiración y el carisma. No hablemos
de inteligencia porque sería ir quizás demasiado lejos
Gustavo
Flaubert decía:
Siempre
he procurado vivir en mi torre de marfil. Pero una marea de mierda bate
ahora sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política
sino del estado mental
de [acá ponga el nombre de su país].
El
Diccionario de ideas recibidas, compuesto por él desde 1850, es un
compendio de expresiones, frases hechas y dichos en los que una sociedad
sintetiza, con solemne estupidez y vanidad, la sabiduría oficial y los
resabios de una época. Hoy seguimos viviendo con nada más que las ideas
recibidas, con esa misma mezcla de orgullo y prejuicio.
Para
la representación de lo ridículo nada mejor, escribe, que observar a los
actores que sólo poseen una determinada capacidad de memoria unida,
profesionales de lo suyo que vuelcan lo aprendido sin digerirlo ni
repensarlo.
Bouvard
y Pécuchet, dos oficinistas cincuentones, viven una dogmática convicción
de que la felicidad del hombre estriba en una perenne búsqueda científica,
se sumergen en el estudio de cuanta ciencia y oficio se le ocurra al
lector, y en sus más indigestos conceptos. Evolucionan de lo general a lo
particular y, por supuesto, no llegan tan siquiera a otra conclusión que
ésta: el sentimiento de la estupidez humana prevalece mientras la luz de
la razón continúa apagada.
Al
principio, son dos idiotas menospreciados y vejados por el autor, pero en
el octavo capítulo ocurren las famosas palabras: “Entonces una
facultad lamentable surgió en su espíritu, la de ver la estupidez y no
poder, ya, tolerarla.” Y después: “Los entristecían cosas
insignificantes: los avisos de los periódicos, el perfil de un burgués,
una tontería oída al azar.” Flaubert en este punto se
reconcilia con Bouvard y con Pécuchet. Dios con sus criaturas. Ello
sucede acaso en toda obra extensa o simplemente viva. (Jorge Luis
Borges: “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”)
Evidentemente,
si la historia universal es la historia de Bouvard y de Pécuchet, todo lo
que la integra es ridículo y deleznable, dice Borges, y la seguimos
viviendo día a día, momento a momento y ya nos hemos acostumbrado tanto
a ella que ni cuenta nos damos.
¿No
habrá llegado la hora de repensar nuestras vidas y nuestras conductas? ¿No
habrá llegado la hora de repensar las ideas recibidas y de reconsiderar
los actos realizados? ¿No habrán llegado los tiempos de abandonar las
contraposiciones estúpidas y enceguecidas y de adoptar las coincidencias
progresistas? ¿No habrá llegado el momento de comprender que este
comportamiento antagonizante y recalcitrante y obcecado y paralizante es
ridículo y deleznable?
Dr. Horacio Martínez
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