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Anomia
Decía
Leopoldo Alas que todo español aspira a poseer una bula que diga “este
español está autorizado a hacer lo que le venga en ganas”. Los
argentinos realizamos ese sueño, sin la bula, sin burla. Un embajador de
nuestro país en Alemania afirmó: “La Argentina es un país donde, en
general, cada uno hace lo que quiere.” Carlota Jackish (La Nación,
28-9-97) afirmó que “distintos indicadores tienden a demostrar que el
‘todo vale’ es un rasgo fuertemente arraigado en la sociedad argentina.”
En
la Argentina (y quizá en muchos países latinos americanos o europeos),
se viola cuanta norma se le ponga al ciudadano delante, como las viales,
pero además las edilicias, las alimentarias, las farmacéuticas, las
horarias, se ensucian las calles, no se entregan facturas o se paga por
zafar del cumplimiento de todas ellas y aun los profesionales se atribuyen
títulos que no tienen, conceden certificados de enfermedad no ciertos. Y
ni hablar de devolver algo hallado en un lugar público. Este
comportamiento, este desprecio por la norma, recibió el nombre de anomia
por parte de Émile Durkheim.
Ese
neologismo, según Jackish, señala una situación en la que se borran
todos los límites; los deseos y las pasiones se vuelven desmedidos, sin
mesura, tanto en el punto más alto de la sociedad como en el más bajo.
Lo grave es que ni siquiera se vive como violación, sino como
“viveza” o por no jugar de sonso. “Si todos lo hacen, ¿por qué yo
no?” Si poderosísimos empresarios y gente famosa incurre en degradantes
trampas para no pagar un derecho de importación, ¿qué nos queda al
resto? A ellos ese monto “salvado” no les representa absolutamente
nada, y lo hacen. Entonces, ¿qué le queda al joven odontólogo cuando en
una obra social, prepaga o clínica le imponen violación de normas y
atentados a la salud bucal? ¿Perderá el trabajo o acatará?
Los
mercaderes de la salud también son “vivos” y no paran en normas que
violen normas. Imponen las reglas para negar las reglas de la buena salud
sin pensar más que en la manera de “salvar” unos pesos, sin apreciar
que es un actitud de delincuentes y siguen tranquilos con su conciencia.
Lo preocupante es la salud de conciencia de los jóvenes dentistas,
sumergidos desde la concepción en un líquido amniótico corrupto. No es
que falten normas decentes claras y vinculantes, no es un estado de
desorganización nacional, sino mental, es un desprecio por las normas que
se está transformando en un una absoluta subversión de los valores y un
olvido total de las bases constitutivas de una sociedad.
El
estado de anomia no existiría
o se borraría de cara al futuro si el Estado cumpliera con su obligación
de hacer cumplir las normas en vez de, por ejemplo, cerrar los ojos ante
mercaderes que emplean profesionales en negro, con variados subterfugios.
Tampoco sucedería si la Justicia fuera justa con todos y no se inclinara
para el lado al que la llevan las presiones corporativas y
gubernamentales. La ciudadanía no tiene fe en esa Justicia lábil, porque
sabe de la influencia de los intereses sobre sus decisiones. No es
confiable.
Sólo
queda buscar el rescate de los valores en las propias almas, en las normas
inmarcesibles de no hacer al prójimo lo que no se desearía que el prójimo
le haga a uno. En cada acto profesional, piense el dentista qué querría
si estuviera él sentado en el sillón. En cada sumisión a los
mercaderes, piense el dentista cómo explicaría la “agachada” a un
hijo suyo que estuviera observándolo.
Todavía
podemos. Comencemos por no arrojar basura en lugares públicos, por no
infiltrarnos en filas de espera y mil “naderías” más que constituyen
la base de la pirámide de la anomia que culmina en la corrupción de un
Poder Ejecutivo.
¡Que
el 2005 nos encuentre mejorando!
Horacio
Martínez Emilio
Bruzzo
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