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Utopía
Este año, prontos a cumplirse 500 de la publicación
del libro Utopía de Tomás Moro, Malcolm Bishop, en un inspirador
trabajo, (British Dental Journal 2005, 199,
107: Ambrosius Holbein's memento mori map for Sir
Thomas More's Utopia), señaló la presencia de una calavera, como memento mori
(“recuerda que has de morir”), en la ilustración que para la edición
de 1518 (1ª, 1516), realizó el pintor contemporáneo de Moro, Ambrosius
Holbein. Hijo de Hans Holbein el Viejo, respondía al sentimiento de una
época que obsesivamente reflejaba en el arte los elevados índices de
mortalidad, las muertes masivas por enfermedades y plagas y los escasos
conocimientos de medicina e higiene. Hamlet con Yorick en la mano representa la naturaleza inevitable, igualadora y caprichosa de la muerte. [Un hermano de Ambrosius, llamado Hans Holbein el Joven, fue quien pintó el retrato de Moro, en 1527, que se destaca en la Colección Frick, punto sobresaliente de un visita a NY.] Su identificación, dice Malcolm Bishop, es fácil hoy gracias a que todos los dentistas tienen la capacidad adquirida de reconocer dientes, aun bajo un disfraz inusual. Como el de la rocosa isla Utopía, con la capital Amauroto (ciudad de nieblas) en el centro. Si se mira el mapa de la isla, quizá con los ojos entrecerrados, se verá que el cráneo en cuestión es la isla misma, con la calota en el extremo superior, conectada por cuernos, caminos o vías alegóricas al resto del mundo, y que el mentón se ubica entre las figuras humanas al pie del grabado. La figura más a la izquierda es la del ficticio marino Rafael Hitlodeo (uno de los 4 arcángeles + narrador de nonsense - fábulas), quien es el narrador de lo que habría visto en su fabulada isla. Descripción
de la calavera y su contenido y significado Miremos el grabado. El hombre a la izquierda, el
narrador Hitlodeo, delinea el cuello y sus pies se apoyan en los hombros.
Ese piso marca el borde inferior de la rama horizontal mandibular. El
hombre de la derecha está dibujando el mentón con su brazo izquierdo y
todo su figura bien remarcada. El del medio, es Tomás Moro mismo, quien
aporta a la columna y al borde posterior y rama ascendente mandibulares.
(Era moderno incluir figuras no sacras.) El pequeño velero de la
izquierda subraya la base del cráneo, mientras que la gran nave del
primer plano con su mástil mayor define las fosas nasales y con los otros
dos mástiles pone límites al maxilar superior y deja a los lados ambos
malares marcados por el castillo de proa y el palo extendido, uno, y por
la nave encallada el izquierdo con el reborde infraorbitario. Las
rocas y edificios miran a la derecha del observador y marcan las órbitas
y otros rasgos; alguno, como arco superciliar. Los dientes están bien
claros, pero no son tres hileras sino que la inferior muestra las
prominencias óseas alveolares de incisivos, caninos y premolares. El río
fluye hacia el oído derecho e identifica la posición del meato auditivo
externo de ese lado; el pequeño estuario podría indicar el área de la
ATM. Este libro fue en su tiempo remitido por la Iglesia Católica al Índex de libros prohibidos. El memento mori podría ser un simple juego de palabras, una broma al jugar con un mori que quiere decir “de la muerte” y también “de Moro”, así como podría ser un discreto recordatorio del peligro de publicar obras así y, además, y esto me gusta, un señalamiento del origen de esta gran obra en la mente humana y no en la eterna divinidad. Holbein el Joven había pintado una enigmática imagen similar pero anamórfica de una calavera en el primer plano de su famoso cuadro Los embajadores. [Un interesante libro de arte (Anamorfosis. Juegos de la ilusión y la percepción en el arte, de Michael Schuyst y Joost Elffers. Publ-por Harry N. Abrams ed.), define anamorfosis: “constituye una representación totalmente deformada de la realidad, que sólo puede ser restaurada a su forma real cuando se mira desde un ángulo oblicuo, lateral o reflejada en un espejo cilíndrico, cónico o prismático.” Ahí figura la lámina que reproducimos de Los embajadores.
Hans
Holbein es además autor de un cuadro importante para el establecimiento
de la profesión, obra monumental en la que el Rey presenta el Acta del
Parlamento en que se establecen los barberos y cirujanos juntos, nuestro
antecedente, en el castillo de Bridewell, en 1540]
Utopía, escrita en latín por Tomás Moro, reconoce
antecedentes desde la República de Platón e innumerable
sucesores y ese nombre pasó al habla corriente. Al idear esta imaginaria
isla de Utopía (“buen lugar” o “no lugar”), Moro – amigo de
jugar con las palabras – quiso criticar la corrupción europea y, en sus
rechazos a la propiedad, que debía ser comunitaria, contribuyó a ideas
como las del marxismo. En la sociedad ficticia de la isla están
desarrolladas sus ideas. Allí el oro y la plata eran para los criminales,
en forma de cadenas, la libertad religiosa era total y nadie poseía nada
personal. “Allí, eliminado el uso del dinero y con él la codicia, ¡cuántos
males se pueden evitar así y qué infinidad de crímenes se pueden
evitar!” Si bien podría no ser considerada una sociedad
perfecta, es indiscutible que en lo práctico y racional, Utopía es un
contraste con el mundo que lo rodea. Hasta podría cuestionarse el autor a
sí mismo cuando pone conceptos en boca de Rafael. Quizá navegando entre
lo ideal y lo real, entre el deseo de perfección y la observación pragmática
de la humanidad falible, vislumbre que la Utopía es imposible. No habría,
si no, una cárcel para criminales en un mundo que no genera
quebrantadores de normas justas. En Erewhon, de Samuel Butler,
reminiscente de Utopía, como Los viajes de Gulliver, a los
delincuentes se los trata como a enfermos. Fragmentos de la obra “...doquiera que
exista la propiedad
privada, donde todo se mida por el dinero, no se podrá alcanzar que en el Estado reinen la
justicia y la prosperidad, a
menos de considerar justo un Estado en el que lo mejor pertenece a los peores, y próspero un país en que un
grupo de individuos se
reparten todos los bienes, gozando de las mayores comodidades,
mientras la mayoría vive en una
gran miseria.” (p 67) “Comprobareis que la parte de trabajadores
cuya ocupación consiste en satisfacer las necesidades de la criatura humana es mucho mas reducida de lo que creéis, y pensad que tan
solo un pequeño
numero de ellos se dedica a una ocupación
indispensable. Como
entre nosotros todo se mide por dinero se precisa gran
cantidad de profesiones inútiles y varias que solamente conducen al lujo y a la voluptuosidad. Si esa multitud de trabajadores se repartiese entre los pocos oficios que son necesarios a la vida natural, la abundancia de las materias de primera necesidad sería forzosamente tan
grande que los precios estarían por del presupuesto alimenticio de los
artesanos. Pero si todos los hombres que actualmente se emplean en oficios vanos, si todas las clases
ociosas que vegetan en la pereza y el abandono, cada uno de cuyos miembros gasta una parte de lo obtenido por el trabajo del prójimo igual a la de los que producen, fueran obligados a trabajar en algo de utilidad e interés común, fácilmente salta a la vista el poco tiempo que sería necesario para obtener todo lo preciso para las necesidades o para llevar una existencia confortable, así como para el lícito bienestar, y todavía sobraría.” (p 86) “Los
utópicos tienen una especial consideración por sus enfermos, a los que
cuidan en hospitales públicos, de los que hay cuatro en cada ciudad,
situados un poco más allá de las murallas, tan grandes y acondicionados
que se podrían considerar unas pequeñas ciudades, por lo cual los
enfermos, aun siendo muchos, nunca tienen que sufrir escaseces ni
privaciones. Esto también permite apartar de los demás a los que por
causa de su dolencia podrían contagiarlos. Dichos centros están dotados
de todo lo preciso para los enfermos, los cuidados se realizan con
presteza y con delicada atención, los médicos más acreditados están
permanentemente en ellos y no se obliga a nadie a ir forzadamente, pero no
hay quien en toda la ciudad que al enfermar no prefiera ser atendido en el
hospital antes que en su propio hogar.” (p 91-2)
Manifiesto
de los correctores de español Leyendo y
oyendo lo que diariamente se publica o se transmite en los medios, la
manera como se expresan nuestros políticos, los textos infames que llegan
a manos de los lectores de cualquier edad, los ofensivos carteles y
anuncios publicitarios que nos bombardean con errores e impropiedades de
toda clase, resulta chocante que no se alcen más voces para reclamar un
mayor cuidado del idioma, algún tipo de control de calidad efectivo de la
producción oral y escrita en español, ejercido por las instituciones y
organismos que deberían velar por la corrección de nuestra lengua.
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