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Hablar bien no cuesta un ápice
y rinde como una corona… Al 95% de los autores de odontología, les importa un rábano
cómo dicen o escriben algo con tal de exponer o publicar. El problema es,
por una parte, que no siempre se les entiende; por otra, que la actitud no
es de universitarios, sino de “dientistas”, no odontólogos y ni
siquiera dentistas. Es indudable el creciente deterioro del idioma que
enriqueció Quevedo como pocos, del que no escapa el léxico profesional,
según el Dr. Foción Febres-Cordero (X Congreso Venezolano de Ciencias Médicas,
1983), quien agregaba que nuestra jerga está corrompida por vicios morfológicos
y sintácticos, así como por la acuñación de innecesarios neologismos
que amenazan convertir nuestro léxico en una lengua erudita en
apariencia, en verdad de artificiosa terminología. Si usted escribe que el paciente acusa determinados síntomas, ¿quedará claro que no los está
culpando de algo? Quizá los manifiesta, los experimenta, los siente, ¿pero
qué les imputa? Y ni hablar si se queja de un dolor álgido, que es muy frío, no muy intenso. O si ocurre con repitencia,
en vez de una simple repetición, ¿o suena demasiado simple? Si obtura por vía retrógrada,
me pregunto por dónde y en dónde, aunque quizá sea por la vía apical,
¿no? Cuando el proceso cicatrizal
progresa, no deja tejido “cicatricial”. Las cicatrices cicatrizan, no
“cicatrician”. Y un procesos
no es prolongación de nada, ni pertenece a un odontoblasto, aunque en
inglés sea un process, que vale
para hueso, células y lo que venga. No prolonguemos, sigamos con el
progreso de este proceso idiomático. Cuando un paciente tiene cobertura, me lo imagino que un sabroso recubrimiento de crema (no
cremado) o de chocolate; porque, si no, lo que tiene una mayor o menor
amplitud, alcance, extensión de los servicios disponibles. Esa atención
incluye ambos arcos dentarios, no arcadas,
porque arcada es una sucesión de arcos. Como los que rodean un claustro
conventual, donde prevalecen por los cuatro costados, no prevalen, ni hay prevalencia,
sino prevalecimiento de arcos o de caries o de lo que se le ocurra. Acierta el buen Foción al anotar: “Oral
significa lo expresado con la boca, a diferencia de lo
escrito, mientras que bucal es lo perteneciente o relativo a la boca. Oral
debe usarse con sentido fonético, de emisión de sonidos. Bucal
se refiere al concepto físico,
anatómico de la boca y, por ende, lo correcto es decir mucosa bucal, p
ej.” Lástima que el coterráneo de Andrés Bello incursione con falta
de dominio en el terreno e las preposiciones, que tienen usos más vastos
de los por él supuestos. Como que escribe: “Cucharitas de dentina (para
la…); pinzas de algodón (para…).” La preposición de
significa mucho, pero mucho más que materia de la que está compuesto algún
objeto; es correcto, por lo tanto, decir “vaso de
agua”, no “para agua”. En fin, no pienso categorizar
las distintas faltas, porque debiera decir correctamente ordenar o
clasificar y porque no deseo aburrir a los lectores, sino simplemente
abrirles los ojos para sintetizar afirmando que lo
simple es más hermoso, una rosa, unos ojos, mucho mejor que una
flor del arbusto de las rosáceas o un aparato ocular para la visión*, y una banana es más sabrosa que un alargado
fruto amarillo. Y hablar bien y sencillo no cuesta un ápice y rinde como una corona. Una pregunta al caso (o al paso): ¿Por qué ha de
haber una “problemática que atravesamos” en vez de los sencillos
“problemas que padecemos”? Otra pregunta, al acaso: ¿conocen ustedes la leyenda de Azerbaijan narrada por el mentiroso Jawaharlal Zenutra? Abran la segunda digresión del mes ¡Ah, feliz Azerbaijan!y los más avisados discernirán cuánta relación tiene con ciudades, hábitos de vida institucionales y personales y otros temas muy vinculados a la odontología nuestra.
Cuando Azerbaijan era una ciudad en todo su esplendor y aun los mendigos se daban buena vida y se desconocía el hambre y los ricos eran generosos y también los pobres, que nunca padecieron necesidades, la naturaleza humana era un poco mejor y las debilidades del alma no habían caído tanto, sin que por ello se deba suponer que los vicios mayores y menores estaban por completo ausentes en la feliz ciudad de Azerbaijan. El propio Jardín del Edén mereció ser allí imaginado. En
Azerbaijan, como era sabido en toda la región entre Aznodar y Astrakhan,
mucho antes de que el cristianismo desplazara a Zoroastro, fueron los
tiempos en que el italiano constituía lengua internacional, diplomática
y comercial, y el chino estaba reservado para los espíritus cultos,
cuando se constituyeron algunos grupos por afinidades de oficios y de
vocaciones. Así, por ejemplo, estaban los Devotos de las Tinieblas, los
Enemigos de la Oscuridad, los Amantes de la Luz, y otras denominaciones
igualmente sonoras e insignificantes. Nada tenían que ver con sus
miembros. Los Devotos eran comerciantes apasionados por la historia de la
raza que dedicaban sus tiempos libres al estudio del pasado y a la
comunicación de sus logros. Los Enemigos eran amigos de la medicina que
practicaban y de las pinturas brillantes que relucían en las altas
columnas de los majestuosos palacios, templos y otras grandes
construcciones. Los Amantes eran criadores de camellos que odiaban el
tenebroso pasado y buscaban el brillo de la cuerda bien tañida por el
plectro. No pretendían ser particularmente ingeniosos o paradojales;
simplemente, no querían dejar traslucir la condición de sus miembros,
por más que esas sociedades no fueran secretas. Si se decían melancólicos
en verdad eran alegres. Si se tildaban de amigos de la vid y sus derivados
en verdad eran abstemios y lujuriosos. Si endiosaban el amor preferían la
soledad y los placeres solitarios. Las
populosas calles de Azerbaijan –muchos antes de Tamerlán el Grande y
del prolongado dominio persa- veían sus mareas humanas y animales
surcadas por veloces correos que se disparaban como saetas en todos los
sentidos de la ciudad, portadores de innúmeros mensajes entre los
componentes de cada grupo y de sus respuestas y de las respuestas a las
respuestas. Los vendedores callejeros estaban felices, porque esa continua
carrera estimulaba el apetito y la sed de los mensajeros a quienes sus
amos no negaban ningún capricho alimentario mientras cumplieran con
celeridad su cometido. Las
mozas de cántaro al hombro y de cesto al brazo no estaban menos
fascinadas, porque los jóvenes portadores de novedades eran ágiles y
musculosos y, caída la noche, debían buscar refugio y compañía que les
renovaran los bríos para las veloces andanzas y que los acompañaran para
moderar la aceleración en los íntimos encuentros, sin agotarlos. Esa
vida floreciente de Azerbaijan fue decayendo con la avidez de algunos
mercaderes y aun de la aristocracia y la sumisión de los más inocentes y
manipulables. Una exigencia hoy, un silencio mañana y, paso a paso de
camello de paseo, las virtudes se fueron esfumando y los valores
decayendo. De ese modo, la legendaria Azerbaijan, la ciudad limpia de
gente limpia, se convirtió en la agrisada y polvorienta decadente de hoy. Quien
hubiera detenido a algunos de los correos para leer los mensajes que
portaban habría podido adivinar la pendiente espiritual por la que se
deslizaba la reina de las ciudades. En los primeros tiempos, las misivas
eran portadoras de alegría, buenas noticias, sonrisas y la palabra de
Zoroastro que habría de perdurar en los ritos iniciáticos y en
inolvidables melodías mozartianas. Quizá reblandecidos por la
espiritualidad cristiana o, mucho más probable, lanzados a una pendiente
de valores, pasaron de cantos al amor alegre a poemas de amores perdidos o
alejados y a tristes endechas, para terminar en envíos lastimosos. Después,
quisieron hacer ostentación de un saber que no tenían y llenaban los
mensajes con citas de poetas y filósofos que nunca habían leído o los
citaban en otras lenguas extrañas, que no hablaban, el chino por ejemplo.
No faltaron quienes rotaron a
esa cultiparla, en muestra de exquisitez o de clarividencia ni quienes
apelaron a lenguas más exóticas en su afán de lucimiento. Quizá
como una manera de remediar ese simulacro de sabiduría y peligroso
alejamiento de la alegría original comenzaron a llover envíos de
presunto nivel moral, consejos de vida de telenovelas (aún no inventadas)
y hasta letras de tango hubieran disparado si no fuera porque las
percantas no habían aparecido en el feliz valle entre el Negro y el
Caspio. Nunca
más volvió la alegría a los mensajes ni a la rica ciudad de Azerbaijan
y de la belleza y riqueza de los orígenes, de las caravanas ricas en los
más suntuosos artículos llegados de todo el mundo -en tránsito o para
bendición de todos los ciudadanos- y terminaron divididos entre dos
mundos opuestos, dos políticas antagónicas, dos religiones y nunca más
conocieron la paz y la alegría de la gran Azerbaijan. Moraleja:
Cuando los mensajes dejan de ser
alegres, las vidas comienzan a ser grises.
Jawarhal
Zenitra
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