Los 99 años de un inmigrante
Biografía de Giovanni Zanier

Fogolar Furlan de Concordia


El 1º de diciembre de 2003 cumplió 99 años el inmigrante friulano que llegó a la Argentina en noviembre de 1926, el país que eligió para su vida futura y en el cual, con los años, "se ha acostumbrado a vivir"

Giovanni Leonardo Zanier, nacido en Fresis, fracción del Comune de Enemonzo (UD), es el ebanista que hizo tantos muebles finos en Concordia, y al que se reconoce en su trabajo, como a una persona responsable, sería, de garantía. Claro es que ahora son sus dos hijos, Carlos Emilio y Antonio Edmundo, quienes junto a él mantienen el alto perfil de su taller de carpintería.

Don Juan recibió en el año 1994 un diploma del Ministerio Italiano porque lleva más de cincuenta años en la Argentina, ingresó a nuestro país con 22 años.

Nos acercamos al domicilio de su hijo Carlos, en la calle Humberto Primo 1036, donde actualmente reside el señor Zanier. Comienza a relatarnos su historia, y nosotros lo escuchamos tratando de imaginarnos todo lo que ha pasado por la vida de este friulano.

Cuando el presidente Marcelo Torcuato de Alvear, luego de los convenios firmados siendo embajador, pidió operarios a Italia, él quiso salir del Friuli, pero sólo tenía 18 años y no se le permitieron porque tenía la obligación de hacer el servicio militar. Fue así como después de 3 años logró, cumplido dicho servicio, embarcarse. Había comenzado antes de los 15 años, como aprendiz el oficio de ebanista: aprendizaje que se pagaba, porque era un oficio que rentaría. En aquellos años todos en el Friuli tenían un comienzo similar para aprender los distintos oficios.

De esta manera llegó a Buenos Aires; don Juan no cuenta mucho de su viaje, lo toma como algo natural. Sus hijos acotan alguna información que él olvida comentar; y nos muestran el baúl que se hizo para emprender el viaje a la Argentina, en el cual trajo todo su equipaje.

Hace un comentario sobre su llegada a Buenos Aires:

"Nunca me gustó la capital: conseguí trabajo enseguida, pero como no sabía el idioma no me podía comunicar. Vi que los otros que hacían carpintería no tenían oficio, no sabían lo que yo había aprendido, pero como no manejaba la lengua tenía que mordérmela y callar. En ese entonces Buenos Aires estaba lleno de italianos, diría que había más que argentinos, pero ¡cómo extrañaba yo! Vivía en una pieza que alquilaba y enseguida compré una gramática española para poder comunicarme ya que no podía pagar maestro"

Seguimos nuestro diálogo y le preguntamos como lograba entenderse con las chicas. "No era problema. Uno siempre se entiende –dice riendo don Juan- y en general todas las mujeres hablaban italiano".

Un día un pariente Zanier, le escribió que estaba trabajando de albañil en Concordia en la construcción de los cuerteles, corría el año 1928. Hacía tres años que estaba en Buenos Aires y como no le gustaba vino a esta ciudad en 1929. En esa época existía el Café Tokio, ubicado en una esquina céntrica de la ciudad, donde se reunían los inmigrantes y era el lugar donde los contrataban para realizar distintos trabajos. Lo contrató el señor Baso, que tenía una carpintería, y estuvo mucho tiempo con él. Hicieron muebles para presentar en la Exposición del Centenario de Concordia (1932) pero como era una época de crisis no se vendieron. Luego de diez años pasó a trabajar en las mueblerías de Cobelli y Dacundo hasta que cerraron el negocio.

Zanier en el banco de carpintero

Luego vino el taller propio. El evoca que hizo muebles y carpintería en casas importantes de Concordia. Lo que más le gustó siempre fue hacer muebles de dormitorio, pero ahora hacen "lo que venga". Mientras charlamos comentamos con sus hijos la disminución de trabajos que hay. Pero encuentran que es lógico ya que no pueden comparar lo que demoran ellos, cuando hay fábricas donde hacen la mueblería funcional; que se vende en los comercios a mitad de precio. No puede competir con un torno acopiador que larga 230 puertas por hora, dicen. "Y lo hemos visto nosotros".

Don Juan Zanier se casó ya cuarentón con Rosa Candia y formó un hogar con estos dos hijos que ahora lo acompañan y "a los cuales no dio opción" dice riendo, pues los metió en el taller de carpintería a que aprendieran el oficio. Los renuncios eran a cachetazos limpios, y se ríen recordando que al final logró lo que quería.

Nos dirigimos ahora a la casa de Zanier, que hizo por el Banco Hipotecario en 1950, "cuando se podía". El taller lo hizo después en el fondo de la casa. Un taller que ha sabido de gran trabajo porque tuvo hasta 9 operarios a los cuales fiscalizaba el ojo atento de don Juan. Hasta los noventa años usó la garlopa y trabajaba algunas horas por día en el taller; hoy acompaña a sus hijos en la carpintería durante algunas horas a la tarde. Ser carpintero ahora no es como antes, se sobrevive con lo que se gana. De todos los nietos, que son todos varones, ninguno sabe nada de la madera.

Don Juan con su bisnieta Irina

Pudo volver tres veces al terruño. Encontró a todos viejos, más que él, a pesar de que es el mayor. Sólo estaban sus hermanos y un compañero de armas. Claro que lo hizo sesenta años después. Entre los tres hermanos sumaron los años y llegaban a 261…


En 1986 en Fresis (UD). De izquierda a derecha: su hermano Fermino (vive en Tolmezzo), su cuñada María (fallecida), Giovanni Zanier y su hermano Sergio (fallecido en Francia)

Por esas cosas de la vida y por la situación económica argentina, los que regresaron al Friuli fueron sus nietos, Marino y César. Hicieron el camino inverso de su abuelo, emigraron al Friuli para trabajar y establecerse allí; hoy viven en la casa paterna de los Zanier en Fresis.

Sus hijos cuentan orgullosos como su padre al quedar viudo cuando el mayor de ellos tenía 13 años, se hizo cargo de todo. Los crió, les cocinaba, lavaba la ropa y trabajaba de carpintero. "Sólo él en la casa. Claro que no tenía horario para su trabajo".

Cuando lo dejamos tras su banco de carpintero, con el respaldo de sus dos hijos, tenemos la certeza que ha vivido convencido de no haber hecho nada. Cada día con su trabajo, eso era lo importante y aún ahora sigue siendo su meta. No sabe del reposo. Así fue y es su vida. Algo de lo que no se lamenta ni se olvida.

Centro Friulano de Concordia